
De detrás a delante la cámara
Hasta hace unos años, las grandes escuelas del reporterismo elaboraban reportajes en los que la intervención explícita del periodista era mínima. De hecho, durante mucho tiempo fue una tendencia, símbolo de calidad. Los había incluso que prescindían del off y se limitaban a la sucesión de escenas. La realidad se presentaba en toda su crudeza, en toda su excentricidad, en todo su esplendor… y el espectador juzgaba. Esta búsqueda de la objetividad in extremis parecía tener un inconveniente: la involucración. Sin nadie con quién identificarse, la trama pierde fuelle. Desde entonces se han empezado a investigar nuevas dinámicas que han culminado en ese presunto “periodismo de inmersión” que protagoniza Samanta Villar en “21 días”, en Cuatro.
El camino, eso sí, fue largo. Los predecesores de esta historia fueron los chicos de Callejeros, programa que también emite Cuatro. Salían a la calle delante de la cámara, no detrás. Les escuchábamos hablar, preguntar y relacionarse con los que se encontraban en su camino de manera espontanea. Lo que en un principio parecía un formato innovador, enseguida se descubrió como recurso para apelar al sentimentalismo. Y qué mejor para ello que la miseria humana en primer plano. Callejeros no buscaba al jefe de la banda de droga o al concejal que ha permitido que tal zona se degrade tanto. ¿Para qué? El reportero busca a esa señora tirada en el suelo, rodeada de basura y con una jeringuilla pegada a su brazo. Le pregunta “¿por qué se droga”, “¿cómo vive?”, “¿qué come?”, como si realmente retratar su desgracia fuera a salvarla. Al final se despide de ella deseándole “suerte” (¿ironía? ¿mala baba?), y ella permanece ahí, sin que su testimonio vaya a servir para cambiar nada. ¿O sí? Se dice que algunos de estos reportajes han despertado la conciencia de las autoridades, que han actuado. De todos modos, ¿hasta qué punto el fin justifica los medios? Esto limpia la imagen del formato, pero ¿lo dignifica?
El problema añadido de esta dinámica es cómo condiciona al espectador. Según el tema tratado, el reportero actúa con cierta prepotencia, frialdad y distanciamiento. En una edición de Comando Actualidad, de TVE, el reportero observaba con escepticismo a unas abuelas que viajaban en autobús a Fátima cantando canciones religiosas. Sólo le faltó mofarse. ¿No debería ser el espectador el que juzgara? ¿No debería el periodista, en este caso, reservarse su opinión? No estamos hablando ni de violencia, ni de abusos, ni de corrupción. Hablamos de 50 señoras mayores cantando en un autobús. ¿Es delito su fe?
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