
La residencia de ancianos no tiene porqué romper las familias
Cuando las personas llegan a una edad dejan de valerse por sí mismas. La tercera edad es una etapa de la vida muy compleja. Las enfermedades son más comunes: aparecen dolencias graves, que se dan únicamente en las personas mayores; y se acentúan las dolencias leves, debido a un debilitamiento del organismo humano. Está claro que el cuidado de una persona anciana requiere tiempo, dedicación y paciencia. Por eso, existen dos vías a la hora de hacernos cargo de nuestros mayores –cada una con sus cosas buenas y sus cosas malas–. La primera es cuidarlos en sus casas y la segunda, incorporarlos a una residencia de ancianos. Yo os puedo comentar, desde mi propia experiencia, los puntos positivos y negativos que tienen ambas opciones. Mis dos abuelas tienen una prolongada edad, por lo que llegó un momento en que alguien tenía que hacerse cargo de ellas. En cada caso se eligieron caminos diferentes. Con una se concluyó que se haría cargo la familia y que no ingresaría en una residencia. Con la otra se decidió lo contrario y ahora mismo está en una residencia.
Por un lado, tener a una persona mayor bajo tu responsabilidad es una tarea para la que hay que tener una especial dedicación. Hay que asearla, hacerle de comer –cuando no darle de comer–, ayudarla a caminar y realizar tantos cuidados como necesite. Esto, sin duda, puede condicionar la vida de las personas que la rodean. Sin embargo, cuidar a un anciano lejos de una residencia tiene la recompensa de que siempre estás a lado de esa persona. De la misma manera que te ayudó a dar los primeros pasos, tú ahora le acompañas en su último caminar. El amor de un familiar no se puede sustituir por el cariño de una enfermera.
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