
Los inmigrantes aprovechan la luz roja para intentar vender pañuelos en los semáforos
De un tiempo a esta parte es muy frecuente ver en los semáforos de las grandes ciudades a inmigrantes que intentan vender, generalmente, pañuelos a los conductores que se paran cuando la luz roja les impide el paso. Atrás quedaron los años de personas de clase baja que intentaban ganarse un dinero vendiendo paquetes de tabaco. Los winstoneros desaparecieron hace tiempo y con ellos, también, aquéllos que aprovechaban la parada de los vehículos para ofrecer sus “servicios” como limpiadores de las lunas de los coches. Y es que más que limpiar, te ensuciaban aún más la carrocería. Generalmente, a esta tarea se dedicaban personas de etnia gitana. Sin embargo, en los últimos años hemos podido observar cómo ha habido un cambio en el tipo de vendedor. Ahora son subsaharianos los que se dedican a este duro oficio. Tras ellos hay siempre una historia terrible. Es curioso cómo no sólo se ha sustituido el vendedor, sino también el producto que se vende. Si antes eran cigarrillos, que ensuciaban los pulmones, ahora son pañuelos, que quizás sirvan para limpiar lo que ya ensuciamos. Amigos, los tiempos cambian.
En todo este proceso de transformación, me he podido dar cuenta de que la actitud de unos y otros también ha cambiado. En muchas ocasiones, las malas caras ante un “no” se han transformado en sonrisas. La historia que precede a las personas que venden hoy día en los semáforos ha podido ser determinante en la manera de ver la vida, a pesar de que la forma en la que subsisten sea penosa y degradante. África es un continente empobrecido, sin embargo, rebosa de alegría. Los inmigrantes subsaharianos, aunque hayan dejado atrás a sus familias, aunque hayan coqueteado con la muerte, y aunque se hayan gastado todos sus ahorros para cruzar un peligroso océano como el Atlántico y para entrar de forma ilegal en un país, ellos no pierden la sonrisa.
Añadir a Del.Icio.Us





Tener algún tipo de discapacidad puede limitar en algún aspecto, pero seguramente no en todos. Para un adulto, poder trabajar es un derecho, y en este sentido una ayuda efectiva es aquella que tienda a favorecer la autonomía personal y la autosuficiencia económica. Una ayuda que aporte dignidad es mucho mejor que cualquier acción que privilegie la protección, generadora de dependencia y pasividad. Preservar la mayor autonomía posible es una de las mejores 


