
Construir y gastar mucho para ganar poco y cerrar pronto
Reconozcámoslo: el primer mundo tiene el ego por las nubes. Tenemos la manía de occidentalizar, de tomar nuestra forma de vida como ejemplo a seguir sólo porque el desequilibrio mundial la ha dotado del privilegio del bienestar. Por eso a menudo se presta ayuda a los países más necesitados desde el desconocimiento y el paternalismo, sin tener en cuenta que las deficiencias educativas, culturales y económicas de determinadas sociedades son el único motivo para que, desde nuestro punto de vista esnob, nos parezcan poco evolucionadas e incluso bárbaras. Pero resulta que más o menos van tirando. Eso sí, a su manera, a esa que no conocemos en absoluto ni nos molestamos. Y ahí es cuando llegan los problemas. Hoy hacemos referencia a uno de los más paradigmáticos: lo que las ONG llaman elefantes blancos.
Un elefante blanco es un mamífero poco común y sagrado en Tailandia. Pero, a parte de eso y en líneas generales, también es el nombre que reciben posesiones que aportan menos beneficios que lo que cuesta mantenerlas. Aunque su definición es amplia y también puede aplicarse al mundo occidental, es frecuente la aparición de elefantes blancos en los países en vía de desarrollo por los problemas que antes hemos señalado. Así pues, desde los gobiernos y ciertas ONG del primer mundo se les plantifica allí algo que luego da más problemas que alegrías, pues se adapta poco o nada a la realidad económica, social y medioambiental del país destinatario.
Además de la ineficiencia de algunos proyectos, no sólo del desconocimiento nacen los elefantes blancos. A veces también se trata de proyectos que se quedan sin finaciación cuando aún estan por terminar. En realidad, motivos hay tantos y tan variados que la abundancia de casos es tal que ya ni sorprende, tal y como podemos comprobar en este ejemplo sucedido en Bolívia. Hay quien ante la aparición de un elefante blanco ya ni se pregunta los motivos.
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